lunes, 13 de julio de 2015

El chico de quinto

El colegio parroquial, en el que tuve la mala suerte de pasar toda mi etapa escolar, dividía a los estudiantes en tres establecimientos según el grado de instrucción: un local para los pequeños de inicial, uno al costado para quienes cursaban desde primer hasta tercer grado de primaria, y el colegio grande, cruzando la calle. Ahí estudiaban quienes cursaban desde cuarto de primaria hasta quinto de secundaria. Mi primer año en este el último es ahora algo difuso en mi mente, como mucho de lo que pasó en esa época, pero quedaron algunos detalles, y lo que sentí, solo ese año, en el colegio grande.

No recuerdo cuando fue la primera vez que lo vi; me gusta pensar que fue durante la formación, muy al estilo militar, durante el inicio de clases en el patio principal. Simplemente lo vi, me di cuenta de que estaba ahí, el chico de quinto, estaba parado con los de su salón, mirando al frente como yo, con las manos cruzadas hacia atrás. Podía ver su cabellera castaña, cabellos lisos y algo largos, la rosada piel de sus brazos, su porte varonil y algo grueso, como si fuese al gimnasio diariamente, sus hermosas y grandes manos, rugosas y fuertes, las cuales siempre llamarían mi atención. No pasó mucho hasta que pude ver de cerca su rostro, durante los recreos; ojos claros, una hermosa piel blanca con algo de acné, nariz grande y ligeramente torcida, labios delgados y rojizos. Quedé prendado de él inmediatamente.

La posibilidad de hablarle era imposible, no conocía a nadie más en el colegio que los compañeros con quienes tuve la mala suerte de compartir aula, no había ningún tipo de actividad social que me permitiera acercarme a un chico siete años mayor que yo. Tenía que conformarme con observarlo, deleitar mi vista con sus sonrisas, mis oídos con su voz al conversar con otros. Recuerdo que lo seguía cuando se dirigía al baño, con el deseo de ver sus genitales mientras orinaba, lo cual conseguí una vez.

Él entró y lo seguí. Ocupó un urinario y yo me quedé parado sin pudor cerca de los lavamanos, haciéndome el que esperaba a alguien. Algún conocido suyo entró y empezó a bromear con él mientras ocupaba el urinario del costado, este terminó antes y jaló por la espalda al chico de quinto de tal forma que su enorme miembro erecto quedó completamente expuesto para mi deleite, por poco más de un segundo, después del cual ocupó rápidamente otro urinario, riendo con su amigo. Mi placer voyeurista se desarrolló mucho en esa época.

Nunca supe si se exhibió para mí, nunca supe su nombre, nunca supe si sabía de mi existencia. Fue el primer chico por el que sentí algún tipo de atracción, nunca se lo conté a nadie, me avergonzaba en diversas formas. Disfruté de verlo durante los recreos todo ese año, un episodio como el de esa vez no volvió a repetirse. El año terminó, se graduó y desapareció. Nunca más lo vi.