sábado, 29 de septiembre de 2012

"Loco, ¿tienes un rizo?"

Es la segunda vez que un extraño se me acerca en la calle a hacerme esa pregunta, con la esperanza de que yo contara con al menos un papelito que le salvara la aburrida tarde de un lunes de invierno en el corazón de Miraflores; sin embargo por mi mal humor (causado por diversas situaciones que se dieron aquel día) y mi perenne comportamiento antisocial, la interacción con el skater ese fue instantánea y poco productiva para ambos.


Recuerdo que la primera vez estaba con Mara, le estaba ayudando con una tarea en un minúsculo parque cerca de la paz con 28 de julio. No había expuesto ni medio rollo cuando de la nada se nos acercaron un patita y una flaquita, no recuerdo bien el aspecto de ninguno, quizás debido a que ni siquiera me molesté en mirarlos bien, pero sí recuerdo que el patita, después de saludar y disculparse por interrumpir la pequeña sesión fotográfica, dirigiéndose hacia mí preguntó: "Loco, ¿tienes un rizo?" Mi primera y más predecible reacción fue decirle que no, que no tenía, cuando la verdad era que sí tenía, y varios. No sé por qué me negué, pero recuerdo que mi respuesta fue inmediata, casi como un reflejo. Sin embargo el patita, quizás por el dengue y por no quedar mal con la flaquita, enseguida insistió, "por fa brother, no seas malito" dijo o algo similar. Quizás fue por esa piadosa terquedad o por el deseo de que ambos personajes se vayan, pero pensé que debía satisfacer sus ansias, después de todo conozco de primera mano esa situación (ante la cual siempre resolví comprando rizlas, nunca pidiéndolas al primer extraño que aparente ser un colega consumidor), así que procedí a sacar mi billetera, y simulando desconocer si encontraría algo procedí a rebuscar en ella. No me fue difícil encontrar uno de los pequeños papeles. "Es tu día de suerte", dije estúpidamente. "Gracias loco" me dijo y cruzó la calle yéndose con la flaquita hacia el malecón. Mara no habló durante toda la transacción y tampoco discutimos sobre ella durante el resto del día.

Esta segunda vez fue similar, yo me dirigía hacia benavides a tomar el carro que me llevaría a casa, cuando un par de skaters se detuvieron con sus patinetas delante mío, ambos parecían no tener más de 16 o 17 años, sin embargo eran gruesos, gordos, blancones, con poleras de colores planos, unos típicos chiquillos de clase media que se pasean sobre ruedas por las residenciales calles del distrito. El más gordo, quien aparentaba más edad, fue el que hizo la pregunta a la cual yo simplemente respondí: "No, man, nada" y seguí mi camino. Como en la otra ocasión, mentí. Tenía y aún tengo varios papeles en mi billetera, quizás por una actitud previsora (uno nunca sabe cuando puede darse un gusto). Pensando sobre la situación ese mismo día, consideré que quizás debí acceder a darles aunque sea uno de los papeles que tenía, pero no sé, no estaba de humor para "buenas vibras" y ni actos fraternales cannábicos. Quizás de haberlo hecho hasta pude haber conseguido que esos gorditos skaters me agradecieran con un par de caladas, quien sabe!

Desde que empecé a fumar hace algunos años noté un ambiente de camaradería entre los consumidores habituales, algunos de los cuales se hicieron mis amigos (he dejado de frecuentar a la mayoría, aunque de vez en cuando me veo con alguno). Sin embargo he sentido pocas veces ese compañerismo y sentimiento de hermandad que, según el estereotipo, la marihuana produce; creo que mi vanidad, avaricia y simple egocentrismo me lo impiden. Recuerdo aquella vez, durante el verano, que me negué ser el único en compartir el gramo de maldi que tenía con unos amigos de Darío que recién conocí aquel día, aunque después accedí a armar un wiro de mala gana; total, ¿que más se podía hacer un día de verano frente a una piscina en la terraza de un edificio en pleno magdalena con gente que acabas de conocer?

El problema no es la hierba, el problema obviamente lo tengo yo, no quiero compartir, no quiero conocer gente, no quiero socializar. Ni siquiera la dulce María ha cambiado mi forma de actuar, ni sus tan conocidos mitos entre la bien intencionada comunidad consumidora han cambiado mi opinión sobre las cosas. El hecho de tener casi dos meses sin fumar es irrelevante, mi problema persiste, me cierro ante la gente, no quiero saber nada de nadie, excepto de quienes, según mi vanidoso criterio, lo merezcan.

Sí, creo que debí abrir mi billetera por segunda vez y compartir uno de los papeles que tenía, eso debí hacer, hubiera sido beneficioso para ambas partes; para mí, generando un vago sentimiento de compañerismo hacia un extraño, quien a su vez se hubiera visto beneficiado con un rizo salvador en una, ciertamente, aburridísima tarde. Lo haré la próxima vez que alguien me lo pida, un simple acto de caridad social como ese no puede hacer daño, mas bien podría ayudarme a dejar de ensimismarme tanto; solo espero que algún día, estando yo del otro lado, el extraño de turno no tenga los mismos problemas sociales que yo.

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